Audio / Poscast de esta historia

Había una vez un niño llamado Mateo que tenía una gran cantidad de juguetes, pues sus padres le daban muchos regalos en Navidad y en su cumpleaños. Mateo estaba muy orgulloso de sus tesoros y solía presumir que tenía las colecciones completas de las marcas más famosas.

Mateo y su nana solían visitar el parque a menudo, donde otros niños, al igual que él, iban a jugar y compartir al aire libre. Muchos de sus supuestos amiguitos solían acercarse a él para pedirle que les prestara sus juguetes, y Mateo accedía a hacerlo siempre y cuando ellos le dejaran otro a cambio.

Sin embargo, aunque muchos niños conocían a Mateo, nadie se quedaba a jugar con él una vez que se realizaba el intercambio; parecía que solo lo buscaban por pura conveniencia. Esto lo entristecía un poco, y a veces soltaba un pequeño suspiro al verse jugando solo mientras los demás reían a lo lejos.

Una de esas tardes en las que el parque estaba abarrotado de niños, Mateo notó a un pequeño que no parecía participar en los juegos. En lugar de eso, observaba a la distancia desde detrás de los columpios, y miraba a Mateo con mucho interés.

Mateo se acercó al niño y, mostrándole un brillante trenecito de juguete con luces y un pequeño silbato, se lo ofreció con la condición de que le diera uno de los suyos a cambio.

El extraño niño, con una mirada muy tímida, reveló las manos que escondía detrás de su espalda y le mostró un carrito hecho con una lata de aluminio y tapas de plástico unidas con mucho cuidado. Mateo se sorprendió muchísimo al verlo, pues aquello parecía más basura sacada del tacho de reciclaje que un juguete de verdad. Así que, con cierta inquietud, le preguntó si no tenía otro.

El tímido niño apretó los labios y, abrazando su juguete casero contra su pecho, le explicó con tristeza que su familia no podía permitirse comprar juguetes de verdad, y que ese era el único que tenía.

Mateo volteó a ver a su nana, quien presenciaba la escena en silencio. Con una mirada llena de compasión, ella le sonrió y le dijo:
—Mateo, sigue a tu corazón y haz lo correcto.

Entonces, Mateo miró al otro niño y le dijo que le regalaba su trenecito. Si bien era su juguete favorito, Mateo acarició el techo del tren por última vez; él ya había tenido muchas aventuras con él y sabía que, así como lo había hecho muy feliz, ahora podría hacerlo feliz a él también.

El pobre niño tomó el trenecito, dubitativo pero con una inmensa y sincera sonrisa. Y entonces, le hizo a Mateo una pregunta que los otros niños jamás le habían hecho:
—¿Quieres jugar conmigo?

Desde ese día, Mateo y su nuevo amiguito se encontraron en el parque casi todas las tardes, compartiendo no solo los juguetes, sino algo muchísimo más importante: el tiempo de calidad y la alegría de tener un verdadero amigo.

FIN.

Moraleja:

La moraleja de esta historia es que compartir tus juguetes puede hacerte nuevos amigos y hacer felices a otros. ¡Ser generoso siempre es bueno!

Datos adicionales

Autor: Original de Mi libro de cuentos
Edades: Recomendo a partir de 2 años
Valores principales: La importancia de compartir y socializar