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Un cuento sobre la envidia entre hermanos.

Leo y Teo eran dos hermanos que nacieron el mismo día. De pequeños eran muy unidos, pero con el paso del tiempo, cada uno tomó rumbos distintos.

Leo había trabajado arduamente y ahora tenía una hermosa casa a las afueras de la ciudad. Solía visitar a sus padres los fines de semana junto a su esposa y sus niños, pasando tardes muy divertidas con los abuelos.

Teo, por otro lado, creció con una amargura silenciosa. Desde niño se convenció de que Leo era el hijo predilecto; para Teo, cada abrazo de sus padres hacia su hermano parecía más cálido, cada tajada de pastel en los cumpleaños parecía más grande y cada aplauso en la cancha de fútbol resonaba con más fuerza si era para Leo. Ya de adultos, sentía que en cada conversación familiar el nombre de Leo era más importante que el suyo propio.

Así que Teo guardaba en secreto un profundo recelo hacia todo lo que hacía su hermano. No dejaba de comparar la vida perfecta de Leo con la suya, y se sentía constantemente desgraciado porque parecía que no podía superarlo en nada: ni en el amor de sus padres, ni en tener una familia modelo, ni en su éxito económico.

Un día, Teo tuvo una mala idea. Decidió aprovechar que Leo y su familia estarían de vacaciones para entrar a robar a su casa. No pretendía realmente quedarse con sus cosas; solo quería quitarle todo lo que él consideraba que la vida le había regalado por suerte, más que porque realmente se lo mereciera.

Al entrar a la casa de su hermano, buscó dónde estaban las joyas y el dinero. Pero al intentar tomarlos, descubrió sorprendido que no podía levantarlos. Los billetes que estaban sobre la mesa parecían pegados a la superficie y no podía moverlos ni un milímetro, sujetos por una fuerza invisible. Buscó abrir los cajones y los armarios, pero nada parecía ceder. Pensó que era una broma de mal gusto, así que fue a la cocina a buscar algo con qué despegar las cosas, pero incluso los cuchillos y las cucharas estaban inmóviles. Todo a su alrededor parecía anclado a su lugar por un pegamento muy fuerte.

Asustado, intentó salir de la casa, pero antes de que pudiera cruzar el umbral de la puerta, sus pies se quedaron pegados al suelo, inmovilizándolo por completo. Ahora era él quien estaba paralizado y sin poder moverse.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó una voz extrañamente familiar.

Teo miró a su alrededor y no vio a nadie, pero la voz volvió a preguntarle qué estaba buscando en la casa.

Al observar detenidamente, se percató de que era la fotografía de su difunto abuelo, colgada en la pared del recibidor, la que le estaba hablando. Teo hubiera salido corriendo, muy asustado por todo lo que le estaba pasando, pero no podía moverse. Así que, por primera vez en su vida y sin más opción, afrontó la situación con valentía.

—Quería enseñarle una lección a mi hermano quitándole su dinero, porque él consigue todo lo que quiere sin siquiera esforzarse, mientras que yo lo intento e intento, y a mí nada me resulta. Mi hermano lo tiene todo y yo no tengo nada.

—¡No es verdad! —respondió el anciano hombre de la fotografía—. Hay algo que Leo no tiene y siempre ha querido; si puedes dárselo, tu vida será como deseas.

—¿De qué hablas? —preguntó Teo confundido—. Mi hermano es rico, exitoso y amado por toda la familia.

—Al parecer, no por toda la familia —respondió el abuelo con tono severo—. Cuando lo entiendas, podrás irte.

Teo forcejeó unos minutos más para intentar escapar, pero cuanto más lo intentaba, más se paralizaba su cuerpo. Ya no solo sus piernas no se movían; ahora sentía cómo su torso y sus manos también se quedaban rígidos.

Fue ahí, entre la desesperación y la amargura, que lo comprendió. Desde pequeño, Teo siempre había envidiado a Leo, y nunca había sido amoroso con su hermano. En lugar de alegrarse y admirarlo, lo odiaba y le guardaba rencor. Se dio cuenta de que todo lo que tenía que hacer era amar a su hermano incondicionalmente, sentirse orgulloso de él, alegrarse por su éxito y no compararse jamás.

Al entender esto, finalmente pudo mover su cuerpo. Abrió la puerta de la casa y se fue, no sin antes darle las gracias a la fotografía de su abuelo.

Pasaron las semanas y los meses, y Teo cambió completamente la forma en la que veía a su hermano. Resultó que la vida le empezó a sonreír cuando dejó la envidia a un lado: sus negocios prosperaron, su familia lo abrazaba más, su hermano Leo lo llamaba cada día para pedirle consejos y, finalmente, la fortuna llegó a sus manos.

La vida no había sido injusta con Teo. Cuando dejó la envidia y reemplazó ese sentimiento por el amor fraternal, todo en su vida mejoró por completo.

FIN.

Moraleja:

Este cuento nos enseña que sentir envidia por los demás, incluso por nuestros propios hermanos o amigos, es como ponernos un pegamento invisible que no nos deja avanzar ni ser felices. Teo pensaba que su hermano Leo tenía más suerte, pero en realidad, lo único que le faltaba a Teo para tener una vida hermosa era cambiar el enojo por amor.

Cuando nos alegramos por las cosas buenas que les pasan a las personas que queremos, nuestro corazón se llena de alegría. No debemos compararnos con los demás, porque cada uno de nosotros es único y especial. Si en lugar de sentir celos aprendemos a aplaudir y apoyar a nuestros hermanos y amigos, descubriremos que la vida nos sonríe mucho más. ¡El amor a nuestra familia es el tesoro más grande que podemos tener, y nos ayuda a atraer cosas maravillosas a nuestra propia vida!
Flipbook del Cuento original: Leo y Teo

Flipbook del Cuento: Leo y Teo

Hemos creado este Flipbook del cuento para que disfrutes la historia de una manera diferente. Puedes:



Imagen para colorear del cuento de Leo y Teo

Dibujo para colorear

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Datos adicionales

Autor: Original de Mi libro de cuentos
Edades: Recomendo para mayores de 6 años
Valores principales: Amor fraternal, Superación de la envidia, Alegría por el prójimo, Gratitud, Respeto, Arrepentimiento, Unión familiar, Comprensión.