El Príncipe y el Niño Soñador

Hace mucho, muchísimo tiempo, en la brumosa ciudad de Londres, ocurrió algo casi mágico. En un mismo día de otoño, nacieron dos bebés.

El primero nació en un palacio brillante. Se llamaba Eduardo Tudor, el Príncipe de Gales. Estaba envuelto en suaves mantas de seda y todo el país celebró su llegada con banderas, música y grandes fogatas.

El segundo bebé nació en un callejón muy oscuro y pequeñito llamado Tom Canty. Su familia era muy humilde y lo envolvieron en ropitas viejas y gastadas.

Aunque vivían en mundos totalmente distintos, si los hubieras puesto uno al lado del otro, no habrías podido distinguirlos. ¡Eran exactamente iguales! Tenían el mismo cabello, los mismos ojos brillantes y la misma sonrisa.

Pasaron los años y los niños crecieron. La vida de Tom no era fácil. Tenía que dormir en un rincón sobre un montón de paja seca. Pero Tom tenía un secreto mágico: su imaginación. Un amable sacerdote le había enseñado a leer viejos libros sobre gigantes, hadas y príncipes valientes.

Tom leía tanto que empezó a hablar y a caminar con la elegancia de un verdadero rey. Aunque su ropa estaba llena de parches, sus amigos del callejón lo querían tanto que formaron una “corte” de juego donde Tom era el príncipe imaginario. Pero en su corazón, Tom tenía un solo deseo: ver a un príncipe de verdad con sus propios ojos.

Un día frío, Tom caminó y caminó hasta llegar a las inmensas puertas doradas del gran Palacio de Westminster. ¡Era enorme! A través de las rejas, vio a un niño de su edad, vestido con sedas brillantes y una gorra roja con plumas. ¡Era el príncipe Eduardo!

Tom pegó su carita a las rejas doradas, fascinado. Pero, de repente, un enorme soldado lo empujó bruscamente y le gritó: —¡Aléjate de aquí, pequeño pordiosero!

La gente empezó a reírse de Tom, pero desde adentro, una voz valiente resonó: —¡Abre las rejas y déjale entrar! ¡Cómo te atreves a tratar así a un niño!

Era el mismísimo príncipe. Con un gesto de su mano, invitó a Tom a entrar a su hermoso cuarto lleno de juguetes y le sirvió la comida más deliciosa que Tom había probado en su vida. Mientras Tom comía, comenzaron a platicar.

—Cuéntame de tu vida, Tom —dijo el príncipe Eduardo con curiosidad—. ¿A qué juegan en tu callejón? —Oh, señor… hacemos carreras, nadamos en el río, y a veces hacemos pasteles de barro y nos revolcamos en él —respondió Tom con una sonrisa.

Los ojos del príncipe brillaron. —¡Daría mi corona por poder jugar en el barro una sola vez sin que nadie me regañe! —exclamó Eduardo—. ¿Sabes qué? ¡Cambiemos de ropa! Solo por un ratito.

En un abrir y cerrar de ojos, el Príncipe de Gales se vistió con los harapos de Tom, y el niño pobre se puso las sedas relucientes. Corrieron a mirarse en el gran espejo de la habitación y se quedaron boquiabiertos. —¡Parecemos la misma persona! —dijo el príncipe asombrado.

En ese momento, Eduardo notó que la mano de Tom estaba lastimada por el empujón del soldado. ¡El príncipe se enojó muchísimo! Olvidando que llevaba puesta la ropa vieja y rota, salió corriendo del cuarto y llegó hasta las rejas del palacio. —¡Abran las puertas! —le gritó al guardia—. ¡Soy el Príncipe de Gales y exijo que me escuchen!

Pero el guardia, viendo a un niño sucio y en harapos, soltó una carcajada. Le dio un empujón y lo echó a la calle. La puerta del palacio se cerró con un fuerte ¡CLANG!. Eduardo estaba solo, en la inmensa ciudad de Londres, vestido como un mendigo.

Trató de decirle a todos quién era, pero la gente solo se burlaba de él. Una noche, un grupo de ladrones acorraló al pobre príncipe en un callejón oscuro. Eduardo cerró los ojos esperando lo peor, pero de las sombras saltó un soldado de capa raída y espada brillante llamado Miles. Con tres ágiles movimientos, Miles ahuyentó a los maleantes. —¿Estás bien, pequeño? —preguntó Miles. —Soy el rey de Inglaterra y te ordeno que me escoltes a mi palacio —respondió Eduardo con voz firme, a pesar de estar temblando de frío. Miles soltó una carcajada bondadosa. Creyó que el niño había perdido la razón por el hambre, pero tenía un corazón noble, así que decidió proteger a este “pequeño rey imaginario” a toda costa.

Mientras tanto, en el palacio, el pobre Tom Canty estaba temblando de miedo dentro de sus sedas lujosas. Cuando el príncipe no regresó, los sirvientes entraron a buscarlo. Tom cayó de rodillas y confesó: —¡Por favor, no me hagan daño! ¡Yo no soy el príncipe, soy el pobre Tom!

Pero todos se asustaron muchísimo. Pensaron que el príncipe Eduardo se había enfermado y había olvidado quién era. El Rey, su padre, que estaba muy anciano y enfermo, lo abrazó y le dijo que pronto recordaría. A Tom no le quedó más remedio que intentar actuar como un príncipe. ¡Y vaya que era difícil! Cuando le picaba la nariz en las cenas elegantes, no sabía si era de mala educación rascarse; cuando le traían agua perfumada para lavarse las manos, ¡se la bebía pensando que era sopa! E incluso encontró un pesado y hermoso disco de oro en el escritorio de Eduardo que le pareció perfecto para… ¡cascar nueces!

La situación se volvió aterradora unos días después. Las campanas del palacio sonaron con tristeza. El viejo Rey había fallecido. Los lores del reino se arrodillaron ante Tom. —¡Viva el Rey Eduardo! —gritaron. Tom estaba aterrorizado. ¡Iban a coronarlo rey de verdad!

Llegó el gran día de la coronación en la majestuosa Abadía de Westminster. Tom estaba en el trono, pálido y asustado, vestido con pesadas túnicas de oro. El Arzobispo levantó la brillante corona para colocarla sobre su cabeza. Todo estaba en silencio.

De repente, las grandes puertas de roble se abrieron de golpe. Un niño vestido con harapos sucios y zapatos rotos corrió por el pasillo central, seguido por un agotado soldado Miles que intentaba detenerlo. —¡Deténganse! —gritó el niño de los harapos con una voz que resonó en toda la iglesia—. ¡Yo soy Eduardo Tudor, el verdadero Rey de Inglaterra!

Los guardias sacaron sus espadas y corrieron a atrapar al “mendigo loco”. Pero antes de que pudieran tocarlo, Tom Canty se puso de pie de un salto, se quitó la pesada capa y gritó con todas sus fuerzas: —¡No lo toquen! ¡Él dice la verdad! ¡Él es el rey!

Toda la abadía estalló en murmullos de asombro. El Lord Protector se acercó, mirando fijamente a los dos niños idénticos. —Si tú eres el verdadero rey —dijo el Lord, mirando a Eduardo—, dinos algo que solo el rey pueda saber. ¿Dónde está el Gran Sello Real de Inglaterra? Lleva semanas perdido.

Eduardo sonrió. —Está en el cajón secreto del escritorio de mi habitación. Lo escondí allí el día que conocí a este valiente niño. El Lord mandó a buscarlo de inmediato, pero el mensajero regresó con las manos vacías. ¡No estaba allí! Eduardo palideció.

Entonces, Tom se golpeó la frente, recordando de pronto. —¡Oh, majestuoso rey! —dijo Tom—. ¿Te refieres a ese disco de oro pesado con letras grabadas? —¡Sí! —exclamó Eduardo—. ¿Qué hiciste con él? —Yo no sabía qué era… —dijo Tom, poniéndose rojo de vergüenza—. Lo dejé dentro de la armadura del pasillo… lo usaba para cascar nueces.

La corte entera ahogó un grito. ¡El Gran Sello de Inglaterra, usado como cascanueces! Fueron a buscarlo, y efectivamente, allí estaba. Nadie pudo dudar más. Con lágrimas en los ojos, Tom y Eduardo se abrazaron.

Eduardo fue limpiado, vestido con sus ropas reales y coronado esa misma tarde. Miles, el soldado que lo protegió, fue nombrado Conde. ¿Y Tom Canty? El nuevo Rey Eduardo nunca olvidó lo que había sufrido en las calles ni el buen corazón de Tom. Nombró a Tom “Pupilo del Rey”, dándole a él y a su familia un hogar cálido, buena comida y la promesa de que el reino sería un lugar más justo para todos.

Y así, el niño que soñaba con príncipes vivió en el palacio para siempre, y el rey que vivió como un mendigo gobernó con la mayor sabiduría y compasión que Inglaterra hubiera visto jamás.

FIN


Moraleja:

El cuento de “El Príncipe y el Mendigo” nos enseña lecciones muy valiosas sobre la empatía, la justicia y la importancia de entender a los demás. Imagina que tuvieras una vida muy cómoda y de repente tuvieras que vivir como alguien que no tiene nada. O, al revés, si no tuvieras nada y de repente tuvieras que vivir en un palacio. Esto es lo que les pasa al príncipe Eduardo y al mendigo Tom, quienes se parecen tanto que pueden intercambiar sus lugares.

La moraleja principal es que, a veces, para entender de verdad cómo se sienten las otras personas (tener empatía), tenemos que “caminar en sus zapatos” un rato. El príncipe, al vivir como un mendigo, se da cuenta de lo difícil que es la vida para los pobres y de las injusticias que sufren. Y Tom, al vivir como príncipe, aprende lo complejas y solitarias que pueden ser las responsabilidades de un rey.

Esto nos enseña que no debemos juzgar a los demás sin saber lo que les pasa. Nos ayuda a ser más comprensivos y a darnos cuenta de que cada persona tiene sus propios problemas y alegrías, sin importar si es rica o pobre. Un buen líder, o simplemente una buena persona, es alguien que se preocupa por todos y que lucha por la justicia para que la vida sea justa para todos. La verdadera grandeza no está en el poder o el dinero, sino en la bondad y en el deseo de ayudar a los demás.
Imagen para colorear del cuento infantil El Príncipe y el Mendigo

Dibujo para colorear

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Datos adicionales

Autor: Mark Twain (seudónimo de Samuel Langhorne Clemens) en 1881.
Edades: Recomendo a partir de 4+ años
Valores principales: Empatía, Justicia, Humildad, Compasión, Perseverancia, Identidad, Observación, Tolerancia, Respeto, Autenticidad.